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¿Quién lanzará la primera piedra?


¿Quién lanzará la primera piedra”

 

Por Eduardo Correa    

 

      Es posible que este artículo tenga muy poca acogida por quienes se vean retratados en él, sin embargo debe exponerse, y claro estoy, en descargo, que es posible que existan los empresarios y comerciantes que no sólo ven por el ojo de la ganancia excesiva en sus transacciones, sean cuales fueren, pero debo admitir, asimismo, que deben estar en un redondel muy pequeño,  porque en este país, como se dice en el argot popular, todo aquel que está dedicado a los negocios o a la venta de algo, incluyendo baratijas, “quiere hacerse rico de la noche a la mañana”. Y lo que es más pernicioso: se ponen de acuerdo para imponer los precios en el ramo económico sin importar la índole, y si se trata de grandes y medianos empresarios es mucho peor, porque cuentan con sus gremios de donde parten “las políticas” que tienen como norte saquearle el bolsillo a las personas, incluyendo al vendedor de mercancía  pequeño. Y traigo a colación este refrán que gustan expresar en mi barrio: “Aquí no quedaría títere con gorra”, cuando  se generaliza en un aspecto determinado.

        Pero, yo no estoy diciendo aquí que se aplique una política de “tierra arrasada” al comercio ni a los comerciantes, no, muy lejos de eso y si alguien quisiera cabalgar sobre estas notas en ese sentido, solo estaría especulando. Se trata, y nada más, de transmitir la experiencia personal que tuve cuando decidí adquirir algunas piezas de vestir, en el intento de renovar mi ropero, y muy a medias y poco recurrente, por cierto. Y es que por razones que cualquiera puede entender fácilmente, en la economía personal de alguien que disfruta el derecho de la jubilación, tal es mi caso, y  debe agregarse, si es que no es obvio, es poco boyante por las circunstancias de siempre, porque no se trata de un jubilado del petróleo,  del TSJ o AN. Yo soy un simple funcionario público retirado, pues.

       En mi periplo fui a dar al conocido y afamado Salón Americano y me enamoré de un pantalón Jean, azul y de buen corte, pero al no más mirar su precio me tembló el bolsillo en el acto: ¡3. 600,00!, y más allá otro de ¡4000! Lo que se me ocurrió pensar  y preguntarme, fue ¿de qué estarán hechos?,  porque ante mis ojos solo estaba una prenda de vestir común y corriente, y dejé de revisar para no seguir sorprendiéndome ante lo inesperado. -“Esto no es para mí”, fue el consuelo que tuve a primera mano. Y poco después, no sé cómo, fui a parar a la tienda Timberland, toda vidriera, limpia y perfumada, y me llamó la atención unos zapatos muy bonitos y al tomarlos vi en el fondo su costo: ¡3. 666!, y rápidamente los solté. Y otros acullá rondando los cuatro millones, vistos en dinero de antes con los tres ceros a la derecha. Salí cabizbajo y sin decirle nada a nadie. Más adelante me topé con un cuchitril donde expenden anteojos, y a la pregunta de rigor la respuesta no se hizo esperar: “De ochocientos cincuenta en adelante, señor”. Ni pensar en unos “Ray Bam”. ¿Qué hago ahora? Me pregunté en silencio y alargando la mirada. ¿Qué vas a hacer, pues? ¡Irte a tu casa!, retumbó en mi conciencia que no espera momento alguno para recriminarme sin ambages. Y muy solícito y presuroso, fue lo que hice.

      Y acicateado por lo que está de moda, estas cosas de los precios, las interrogantes son las que todo el mundo puede hacerse por estos días, ¿Qué margen de ganancia tendrán esos pantalones y esos zapatos? ¿De dónde los traerán? ¿Cuánto le ganarán y por qué? Vaya usted a saber.

       Así que, si de vendedores o comerciantes se trata, sean estos pequeños, medianos o grandes, “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra”.

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